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Una canasta global de frutas
En una visita a la tienda de comestibles, los consumidores pueden encontrar productos de todo el mundo.
Albaricoques
China
Ananás Costa Rica
Arándanos Chile
Bananas Ecuador
Ciruelas Guatemala
Cocos Filipinas
Frambuesas México
Frutillas Polonia
Kiwis Italia
Limas El Salvador
Limones Argentina
Mandarinas Sudáfrica
Manzanas Nueva Zelanda
Naranjas Australia
Peras Corea del Sur
Pomelo Bahamas
Sandías Honduras
Uvas Perú
Zarzamoras Canadá
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Informe Anual 2002 —Banco de la Reserva Federal de Dallas

Los frutos del libre comercio

Casi cualquier supermercado estadounidense funciona también como bazar de comida internacional. Al lado de las papas de Idaho y la carne vacuna de Tejas, las tiendas exhiben melones de México, aceite de oliva de Italia, café de Colombia, canela de Sri Lanka, vino y queso de Francia y bananas de Costa Rica.

La tienda de comestibles no es el único lugar en el que los estadounidenses se permiten un gusto por los productos extranjeros. Les compramos cámaras y automóviles a Japón, camisas a Bangladesh, videocaseteras a Corea del Sur, productos de papel a Canadá y flores frescas a Ecuador. Les compramos petróleo a Kuwait, acero a China, programas de computación a India, y semiconductores a Taiwán. En 2001, las importaciones estadounidenses de bienes y servicios ascendieron a un total de USD 1,6 billones.

La mayoría de los estadounidenses conocen muy bien nuestra predilección por importar, pero pueden no darse cuenta de que Estados Unidos se clasifica como el exportador más importante del mundo, vendiendo USD 1,3 billones por año al resto del mundo. Las empresas estadounidenses venden computadoras personales, topadoras, servicios financieros, películas y miles de otros productos a casi todo el mundo.

El comercio y las inversiones internacionales son hechos de la vida cotidiana. Durante las tres últimas décadas, el total de importaciones y exportaciones estadounidenses aumentó del 11 por ciento del PBI a cerca del 30 por ciento. Las transacciones financieras internacionales también aumentaron rápidamente. Las inversiones nacionales e internacionales incrementaron de menos del 1 por ciento de la producción total a más del 3 por ciento. (Véase la presentación 1).

Presentación 1
Una nación comerciante
Durante las tres últimas décadas, el comercio estadounidense de bienes y servicios (exportaciones más importaciones) aumentó del 11 por ciento a apenas el 30 por ciento de PBI, y los flujos de capital se triplicaron y más. La incrementada apertura económica ayudó a crear 50 millones de nuevos puestos de trabajo, y el ingreso per cápita disponible casi se duplicó. El libre comercio ayuda a crecer a la economía.
El comercio y los flujos de capital estadounidenses
El comercio y los flujos de capital estadounidenses

Estados Unidos no está solo. El resto del mundo ha visto una oleada similar en los negocios internacionales. Como el comercio y las inversiones internacionales tocan comunidades desde Orleáns, Francia, a New Orleans, Louisiana, estos temas se han convertido en pararrayos. Uno de los grandes debates de principios del siglo XXI se centra sobre la globalización, un término que resume la fusión de las economías mundiales en la era del viaje en jet, de las comunicaciones instantáneas, de la migración en masa y de las barreras comerciales decrecientes.

Los críticos de la globalización atacan a los mercados abiertos sobre la base de que son una fuerza maligna que destruye industrias locales, cosecha pobreza y diluye culturas. Los manifestantes atacan al sistema de comercio abierto que las naciones Occidentales han forjado desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Sus objetivos favoritos son muchas veces las multinacionales estadounidenses, tales como McDonald’s.

Aún cuando consumen alimentos, automóviles y artículos electrónicos del extranjero, algunos estadounidenses temen que la competencia extranjera esté destruyendo empleos para los trabajadores industriales, pescadores y otros. Les preocupa, además, que la nación esté volviéndose dependiente de los proveedores extranjeros de petróleo, chips de computación y otros insumos.

Los ataques contra el libre comercio no tienen ningún sentido económico. De hecho, los críticos muchas veces lo entienden al revés.

Se dice que el comercio nos hace más pobres. Esto no es así. El comercio es el gran generador de bienestar económico. Enriquece a las naciones porque permite que las compañías y los trabajadores se especialicen en hacer lo que mejor hacen. La competencia los obliga a volverse más productivos. En definitiva, los consumidores cosechan la variedad de bienes y servicios más baratos y de mejor calidad.

Se dice que el comercio cuesta puestos de trabajo y deprime salarios. De nuevo, esto no es así. Al estimular la actividad económica y reducir costos, el comercio ayuda a crear puestos de trabajo. Al hacer aumentar la productividad mantiene a las compañías estadounidenses enérgicas, y ello conduce al incremento de salarios y beneficios agregados. Los trabajadores protegidos por barreras comerciales pueden mantener sus trabajos por un tiempo, pero los costos de la ineficacia y los precios superiores convierten estas barreras en un disparate económico. Dondequiera que erijamos barreras al comercio, negamos las ganancias del libre cambio y de la competencia. La protección de la industria se degenera en un juego de suma negativa en el que los intereses especiales procuran ventajas a costas del bien común.

Se dice que las exportaciones son buenas porque apoyan a la industria estadounidense pero las importaciones son malas porque roban negocios a los productores internos. En realidad, las importaciones son los verdaderos frutos del comercio porque el objetivo último de la actividad económica es el consumo. Las exportaciones representan recursos que no consumimos en casa. Se refieren a cómo pagamos lo que compramos afuera, y nos sentimos mucho mejor cuando pagamos lo menos posible. El mercantilismo, con su manía por exportar, perdió apoyo por un buen motivo.

Se dice que el libre comercio no es leal. Las importaciones baratas pueden herir a los proveedores estadounidenses quienes tienen mayores costos pero los consumidores seguramente saldrán ganando. ¿Por qué sancionarlos con una represalia que sólo aumenta los precios en Estados Unidos? El hecho de que otros países cometan transgresiones no es justificativo para que nosotros también las cometamos. Una nación consumirá más al abrir sus mercados, aún si otras naciones no hicieran lo mismo.

Se dice que el comercio nos vuelve dependientes de los proveedores extranjeros, pero Estados Unidos no tiene el clima ni los recursos para hacer todo lo que necesita. Otras naciones pueden producir varios bienes y servicios a un costo más bajo. El precio de la independencia es demasiado alto.

Los estadounidenses no pueden permitirse creer en estas falacias comerciales. Como sociedad, con frecuencia tenemos que elegir entre proteger las industrias internas y la apertura de los mercados. En una economía debilitada, los fabricantes de acero, los criadores de siluro y otros productores se están alineando para declarar la guerra contra las importaciones, causando un golpe potencial a las billeteras de los estadounidenses. Al mismo tiempo, los negociadores estadounidenses están procurando expandir el sistema mundial de comercialización con nuevos tratados de libre comercio.

Precisamos comprender qué es lo que está en juego. El tener una idea errónea sobre el comercio aumenta el riesgo de hacer malas elecciones que socavan nuestra economía y amargan nuestras relaciones con otras naciones. El hacerlo bien promoverá la prosperidad y la paz.

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Índice del Informe Anual 2002
En inglés
Carta del presidente
Los frutos del libre comercio
El secreto de la riqueza
Interés de consumo
Productores versus consumidores
El precio de la protección
¿Prosperidad o veneno?